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AEK, el club de refugiados griegos de Constantinopla que se enamoró de Manolo Jiménez: «Me siento parte de ellos»

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EXECUTIVE SUMMARY

En Atenas hay un equipo de barrio que lleva en el escudo el recuerdo de una ciudad que un día fue griega. Un águila bicéfala, amarilla y negra, que mira hacia dos lados y representa mucho más que un club de fútbol. Es la memoria de Constantinopla, la actual Estambul, de las casas abandonadas, de las familias obligadas a cruzar el mar y de una comunidad que, al otro lado del Egeo, se negó a olvidar de dónde venía. El AEK nació de aquella herida. Y un siglo después, su historia sigue explicando po

Key Takeaways

  • AEK, el club de refugiados griegos de Constantinopla que se enamoró de Manolo Jiménez: «Me siento parte de ellos».
  • En Atenas hay un equipo de barrio que lleva en el escudo el recuerdo de una ciudad que un día fue griega.
  • Un águila bicéfala, amarilla y negra, que mira hacia dos lados y representa mucho más que un club de fútbol.

En Atenas hay un equipo de barrio que lleva en el escudo el recuerdo de una ciudad que un día fue griega. Un águila bicéfala, amarilla y negra, que mira hacia dos lados y representa mucho más que un club de fútbol. Es la memoria de Constantinopla, la actual Estambul, de las casas abandonadas, de las familias obligadas a cruzar el mar y de una comunidad que, al otro lado del Egeo, se negó a olvidar de dónde venía. El AEK nació de aquella herida. Y un siglo después, su historia sigue explicando por qué su gente vive el fútbol como una cuestión de identidad. Manolo Jiménez lo ha comprobado en cuatro etapas distintas en el banquillo ateniense. Ganó la Copa en 2011 y la Liga en 2018, después de 24 años de sequía. Ha vivido la bancarrota, el descenso a Tercera, el regreso a Primera y la construcción de un estadio que hoy es el orgullo de sus aficionados. Pero hay algo que el entrenador sevillano coloca por encima de los títulos, y es el vínculo del club con su gente: «Es un equipo de fútbol formado por refugiados, por gente que tuvo que huir de Estambul y asentarse en la zona norte de Atenas, en el barrio de Nea Filadelfia», explica en una charla con ABC. Y es que para entender el AEK, hay que empezar por ahí. En 1922, la guerra greco-turca y la derrota griega en Asia Menor desembocaron en una catástrofe humanitaria. El incendio de Esmirna, la expulsión de las comunidades griegas de Anatolia y el intercambio forzoso de población entre Grecia y Turquía dejaron a millones de personas desplazadas o en el exilio. Entre ellas había familias procedentes de Constantinopla y de otras localidades de Asia Menor que tuvieron que rehacer su vida en el país heleno, lejos de los lugares donde habían nacido. Dos años después de aquella catástrofe, un grupo de deportistas originarios de Constantinopla decidió fundar una asociación que mantuviera vivo aquel pasado. El 13 de abril de 1924, en una tienda de artículos deportivos de la calle Veranzerou, en el centro de Atenas, nació la Athlitikí Énosis Konstantinoupóleos: la Unión Atlética de Constantinopla. Sus siglas eran AEK. El club se convirtió en un lugar de encuentro para los refugiados y sus descendientes, y en una forma de transmitir a hijos y nietos la historia de una tierra que muchos ya no volverían a pisar. El fútbol hizo el resto. La comunidad creció, el equipo empezó a ganar seguidores y la asociación se convirtió en una referencia para los griegos llegados de lo que ya era Estambul. Jiménez ve en esa identificación una de las claves de su singularidad. «Hablamos de un barrio volcado con el club. Por eso el AEK es el equipo de fútbol más afín y cercano a su gente, con la masa social más fiel de toda Grecia, por encima del Olympiacos y Panathinaikos». Manolo llegó por primera vez al AEK en octubre de 2010, en plena crisis mundial, con Grecia como uno de los países más afectados. Los problemas económicos ya empezaban a ahogar al club y, aun así, logró ganar la Copa en 2011, pero no fue suficiente. Ni eso ni la clasificación para competiciones europeas: «Las deudas estaban machacando al AEK», cuenta. Y tanto que lo machacaron. Ya no pagaba a jugadores ni al cuerpo técnico, y el contrato de Jiménez era elevado: «Fueron sinceros conmigo. Me dijeron que no podían afrontar mi salario y me permitieron salir. Evidentemente, tuve que perdonar dinero». La crisis empeoró hasta que en 2013 se tuvo que tomar una decisión traumática: el AEK pidió a la Federación ser descendido hasta Tercera y dejar el fútbol profesional. Tocaba refundar un club que ya estaba en bancarrota. Un golpe enorme para «el equipo que más seguidores tiene en toda Grecia», detalla Manolo. Y esa reconstrucción tuvo el sello de Dimitris Melissanidis, un magnate del petróleo y del transporte marítimo. El empresario asumió el control del proyecto e impulsó el regreso a la élite. En solo dos temporadas, ascendió de Tercera a Primera, y cuando volvió a la élite se acordó de Manolo Jiménez: «Me dio toda la confianza en el proyecto deportivo y me compensó económicamente. Me pagó lo que se me debía de mi primera etapa y me hizo un buen contrato», afirma. Jiménez regresó en enero de 2017 con una apuesta de Melissanidis que pasaba por tener una presencia importante de futbolistas griegos. Tras esos primeros seis meses, comenzó la temporada 17-18, clave en la historia moderna del club. El AEK llevaba 24 años sin ganar la Liga griega y Melissanidis trasladó a Jiménez la exigencia de acabar con aquella sequía. El técnico aceptó el desafío y lanzó una promesa: «Yo le dije que ese año se iba a dar. Y se dio». El AEK conquistó el campeonato griego en 2018 y puso fin a casi un cuarto de siglo sin levantar el título. Para Jiménez, aquel título tuvo un valor especial por la culminación de un trabajo colectivo en el que la identidad local desempeñó un papel importante: «Siempre había seis o siete griegos en el once. Y eso aumentaba el compromiso. Éramos una familia». Luego, Jiménez tuvo dos etapas más en el club: en febrero de 2019 volvió durante unos meses y en diciembre de 2020 asumió un cuarto proyecto que concluyó en junio de 2021. Ninguna fue igual a la anterior, pero todas reforzaron una relación que ya no dependía solo de los resultados: «Es un honor para mí formar parte de la historia del AEK». Y es que Manolo Jiménez también tuvo el privilegio de colocar la primera piedra del Agia Sophia, la última gran aportación de Melissanidis al AEK. Un estadio moderno y futurista que devolvía a la afición a Nea Filadelfia, tras 19 años jugando en el estadio Olímpico. Su antigua casa, el Nikos Gumas, quedó derruida en 2003 tras ser dañada por un fuerte terremoto que se produjo el 7 de septiembre de 1999, sismo en el que fallecieron 150 personas, hubo más de 1.500 heridos y 50.000 personas perdieron su casa. El entonces presidente, Giannis Granitsas, se pasó de listo y aprovechó los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 para intentar que el Gobierno griego le hiciera «gratis» un estadio nuevo y, como medida de presión, echó abajo el Nikos Gumas justificando su decisión en los daños del terremoto. Pero lo hizo sin tener nada firmado. Y nunca lo tuvo. «Es un estadio que me recuerda a San Mamés porque es una olla a presión. Nunca tuve la suerte de dirigir al equipo ya en este campo, pero sí he ido allí como entrenador del Aris de Salónica y me pareció una barbaridad de estadio». Ese partido al que se refiere Jiménez fue el 23 de noviembre del pasado año. El AEK le preparó un homenaje con el estadio lleno, un emotivo vídeo de sus años en el banquillo y cánticos desde las gradas. Además, el nuevo presidente (Marios Iliopoulos) lo llevó al centro del campo, le entregó una placa, una bufanda y flores: «Me hicieron un homenaje que se me caían las lágrimas. Para mí el AEK, junto al Sevilla, es el club más especial de mi vida». Ese nuevo estadio, donde juega esta noche el Real Madrid, es también una forma de cerrar el círculo. El AEK nació para mantener vivo el recuerdo de una tierra perdida. Décadas después, volvió a su barrio con una casa nueva que lleva el nombre de uno de los grandes símbolos de la memoria griega. La historia del club no se explica sin el exilio, pero tampoco sin la capacidad de reconstruirse cada vez que ha estado al borde de la desaparición. Quizá por eso, cuando le preguntamos a Jiménez si habrá una quinta etapa, no cierra la puerta. «Si el AEK algún día me llama, por supuesto que no les diré que no. Me siento parte de ellos».

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