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Un libro devuelve a la actualidad la enigmática muerte de Rudolf Diesel

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El Diario España
By Pedro Urteaga
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Un libro devuelve a la actualidad la enigmática muerte de Rudolf Diesel
Photo / Coverage: El Diario EspañaCredit: Pedro Urteaga
EXECUTIVE SUMMARY

Douglas Brunt construye una intriga de patentes e intereses petroleros contrarios al motor diésel por la que desfilan Rockefeller, el káiser Guillermo y Churchill en los meses previos a la I Guerra Mundial Dresden, un transbordador que cubría la ruta entre Bélgica y Londres. El capitán denunció su desaparición en aguas internacionales, donde no existían jurisdicción legal ni autoridad investigadora. No hubo informe forense ni investigación oficial. Casi dos semanas después, los tripulantes de un

Key Takeaways

  • Un libro devuelve a la actualidad la enigmática muerte de Rudolf Diesel.
  • El capitán denunció su desaparición en aguas internacionales, donde no existían jurisdicción legal ni autoridad investigadora.
  • No hubo informe forense ni investigación oficial.

Douglas Brunt construye una intriga de patentes e intereses petroleros contrarios al motor diésel por la que desfilan Rockefeller, el káiser Guillermo y Churchill en los meses previos a la I Guerra Mundial El 29 de septiembre de 1913, Rudolf Diesel, el inventor del motor que revolucionó la industria y el transporte, desapareció durante una travesía nocturna por el Canal de la Mancha. Había embarcado en el Dresden, un transbordador que cubría la ruta entre Bélgica y Londres. El capitán denunció su desaparición en aguas internacionales, donde no existían jurisdicción legal ni autoridad investigadora. No hubo informe forense ni investigación oficial. Casi dos semanas después, los tripulantes de un vapor holandés, el Coertzen, encontraron un cadáver cerca de la desembocadura del río Escalda. Aunque la descomposición era espantosa, los marineros notaron la buena calidad de la ropa que aún envolvía el cuerpo. Tras acercar los restos al barco, extrajeron cuatro objetos de los bolsillos del fallecido antes de devolver el cadáver putrefacto al mar: un monedero, una navaja, un estuche de gafas y una caja de pastillas esmaltada. El barco hizo entonces su escala programada en el puerto holandés de Flesinga, donde la tripulación informó del hallazgo y entregó los objetos. Cuando las autoridades portuarias informaron a la familia del hallazgo, Eugen Diesel no tardó en reconocer las pertenencias de su padre. La explicación más aceptada fue el suicidio, pero la prensa de la época también sopesó la hipótesis de un asesinato. El asunto, eclipsado por el estallido de la I Guerra Mundial, cobra ahora (algo de) actualidad por la próxima publicación en España, el día 15 de noviembre, del libro de Douglas Brunt El misterioso caso de Rudolf Diesel (Capitán Swing), cuyo subtítulo ofrece bastantes pistas sobre la tesis del autor: Genio, poder y engaño en vísperas de la Gran Guerra. La patente original del motor de Diesel. Pongámonos en contexto. La noticia de la muerte del inventor ocupó las portadas de los principales periódicos, de Nueva York a Moscú, y alimentó las especulaciones sobre las circunstancias de su muerte. Algunos medios llegaron a señalar a dos de los hombres más famosos del planeta por aquel entonces como los principales sospechosos. Una de las teorías apuntaba al káiser Guillermo II de Alemania, y a sus agentes. Los rumores de que Diesel negociaba con los ingleses habrían enfurecido al emperador, que podría haber ordenado su muerte para impedir la entrega de las patentes. Un titular llegó a proclamar: “Inventor arrojado al mar para detener la venta de patentes al Gobierno británico”. La otra celebridad de la que algunos sugirieron que podía tener algo que ver con el fallecimiento era el hombre más rico del momento, John D. Rockefeller. Este y sus colegas multimillonarios consideraban que la revolucionaria tecnología de Diesel amenazaba sus imperios empresariales. Otro periódico aseguró que Rudolf Diesel había sido “asesinado por agentes de las grandes petroleras”. En su libro, Douglas Brunt conecta las trayectorias de Rockefeller, Guillermo II, Winston Churchill y Rudolf Diesel para explorar las rivalidades políticas, económicas y tecnológicas que marcaron el cuarto de siglo anterior a la Gran Guerra. Su investigación reúne hechos que suelen estudiarse por separado y devuelve protagonismo a un inventor que, a juicio del escritor de Filadelfia, la historia ha pasado por alto. Grandes ambiciones Nacido en una familia de inmigrantes empobrecidos, Diesel aprovechó una rara oportunidad educativa que se le presentó a los 12 años para formarse, luego estudió Ingeniería y acabó integrado en los círculos técnicos más respetados de Alemania. Su motor prometía transformar la industria y el transporte gracias a una mayor eficiencia energética, una autonomía superior y la posibilidad de prescindir de las enormes calderas de vapor y las cuadrillas de fogoneros que necesitaban los barcos de la época. Pero las aspiraciones de Diesel iban más allá de la ingeniería. Quería desarrollar una fuente de energía compacta y económica que revitalizara las economías rurales y urbanas, fortaleciera a los artesanos y mejorara las condiciones de trabajo de la era industrial. Se oponía a la concentración económica, a la dependencia de los monopolios petroleros y a la guerra mecanizada. Como escribe Brunt, “la terrible ironía es que él aborrecía las mutaciones sociales que forjó su motor”. La tecnología que Diesel concebía como una herramienta para mejorar la vida de los trabajadores acabaría transformando también la industria militar y las formas de hacer la guerra. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, la posibilidad de utilizar su motor para propulsar submarinos adquirió una importancia estratégica creciente. Brunt sostiene que la genialidad del inventor lo puso “en curso de colisión con un emperador y un magnate”. El inventor, en sus años de juventud. Antes de que el motor Diesel se generalizara, los grandes acorazados como el Dreadnought y los grandes transatlánticos como el Lusitania y el Titanic estaban equipados con máquinas de vapor, las grandes impulsoras como se sabe de la Revolución Industrial. Los constructores navales instalaban una caldera gigante llena de agua y un horno de carbón alimentado por cuadrillas de hombres para convertir el líquido en vapor; la presión de este hacía girar los engranajes del motor y, finalmente, una chimenea y un embudo se encargaban de expulsar enormes columnas negras de humo del horno de carbón. “Era una tecnología rudimentaria”, escribe Brunt en la revista Yachts International. Un barco que generaba vapor a partir del agua fría de la caldera de un motor en reposo tardaba horas en zarpar, y las toneladas de carbón necesarias para alimentar el horno ocupaban un valioso espacio de carga. Las decenas de hombres que vivían en la nave para palear el carbón ocupaban aún más espacio y también necesitaban ser alimentados. Los motores, descomunales e ineficientes, “obligaban a los barcos a ir de puerto en puerto por todo el mundo para conseguir más carbón, anunciando su avance con un cielo cubierto de humo visible a cien millas de distancia”. El motor diésel no requería horas para hervir agua. Funcionaba inmediatamente después de un arranque en frío. Tampoco necesitaba equipos de hombres para alimentar el fuego, sino que simplemente extraía el combustible líquido automáticamente de un tanque. Este motor compacto no tenía caldera ni horno ni chimenea, quemaba un combustible viscoso que era seguro de almacenar y lo consumía con tanta eficiencia que un barco podía dar la vuelta al mundo sin repostar, y además sin emisiones de escape perceptibles que delataran su presencia en el horizonte. El diseño de Diesel representaba un salto cualitativo en la capacidad de la humanidad para convertir una sustancia en energía. Una paradoja dolorosa La desaparición de Diesel quedó rápidamente ensombrecida, como decíamos, por los acontecimientos que desembocaron en la Primera Guerra Mundial. Mientras su motor se extendía por todo el mundo, la figura de su creador se desvanecía de la memoria colectiva, a diferencia de inventores como Thomas Edison, Nikola Tesla, Alexander Graham Bell o los hermanos Wright, cuyos nombres quedaron asociados a grandes transformaciones tecnológicas. Thomas Edison (derecha), en la biblioteca de su laboratorio de West Orange con Rudolf Diesel. Brunt resume esta paradoja al indicar que “este hombre parece deliberadamente borrado de la historia, hasta el punto de que su apellido suele escribirse con d minúscula”. Diesel defendía la paz, la igualdad, el trabajo artesano y unas condiciones de trabajo humanas en una época de explotación implacable. Sin resolver de manera concluyente -como es natural- el misterio de su desaparición, el autor reconstruye en el libro las rivalidades políticas y económicas que rodearon el suceso y muestra la contradicción de una innovación que terminó sirviendo a intereses opuestos a los de su artífice. Tras su muerte, Rudolf Diesel, el genio inventor, quedó envuelto en un gran misterio. Tan solo un año antes, en 1912, importantes personalidades internacionales habían elogiado el surgimiento de una tecnología revolucionaria. Thomas Edison alabó su motor como “uno de los mayores logros de la humanidad”. Winston Churchill, uno de los primeros admiradores y defensores de los motores diésel, declaró que una nueva clase de buque de carga propulsado por este combustible era “la obra maestra marítima más perfecta del siglo”. Apenas unos meses después, Rudolf Diesel, a quien se había descrito como también “el gran mago del mundo”, era pasto de los peces, y su nombre, escuchado en lo sucesivo por el gran público en contadas ocasiones como las que nos sirve la publicación del libro de Douglas Brunt.

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